La gran paradoja egipcia

Esta mañana me he desayunado con unos titulares unánimes: ¡golpe de estado en Egipto! Los militares cumplieron a rajatabla con el ultimátum dado al hermano musulmán Mursi y, vencido el plazo, sacaron los tanques a la calle, destituyeron al presidente electo y anunciaron un periodo de transición. Todo clarísimo, ¿verdad?

¡Pues no! La lectura de los artículos bajo la letra grande sugiere una tesis bien distinta. Egipto está sumido en una grave crisis económica, la Sharia ha comenzado a imponerse sobre la tolerancia y el pueblo egipcio reclama cambios urgentes, entre ellos, la dimisión del presidente islamista Mursi. Frase a frase, la simplona idea de que en Egipto se ha perpetrado un golpe de estado abre paso a la nebulosa imagen de que el golpe, en realidad, no ha sido para tanto y, tal vez, hasta necesario.

La plaza Tahrir celebrando el golpe contra Mursi.

La plaza Tahrir celebrando el golpe contra Mursi.

Leemos que  se pone en duda la legitimidad de Mursi: el presidente fue elegido por tan solo el 51% de los votos, con una participación electoral de la mitad del censo, lo que equivale a un 25% de todos los votantes. ¡Una minoría! En segundo lugar, la islamización y radicalización de la sociedad egipcia habrían generado en pocos meses una oposición civil mayoritaria, alimentada aún más por un faraónico desplome económico. Vamos, que el golpe, lejos de ser de estado, es de timón hacia la modernidad y la libertad.

Informaciones como la de que el ejército controla hasta un 40% de la economía egipcia, mientras el 25% de la población vive con menos de un dólar al día, no parecen levantar sospechas. A nadie le resulta probable que la pérdida adquisitiva de los líderes militares haya tenido algo que ver. El ejército, ese mismo que ha tenido cuarenta años para sacar a sus conciudadanos de la miseria, ha vuelto a salir en defensa de su pueblo, empujado por nobilísimas intenciones.

Hasta aquí la cara de la moneda, y ahora la cruz o, mejor dicho, la media luna. Tienen razón los que sostienen que la miseria contribuye a la expansión del islamismo. El mensaje de Alá se ha extendido como la pólvora por los barrios más pobres de las grandes ciudades árabes, gracias a que las Suras suelen ir acompañdas de alimentos. Pero simplifican los buenistas cuando se quedan ahí, sin entrar en el meollo de la cuestión tan políticamente incorrecta: el sufragio no conduce a una democracia si lo que sufraga es una teocracia.

En Europa hemos tardado algo más de dos mil años en apartar a los hombres de Roma del poder político y, de hecho, todavía no lo hemos conseguido del todo. Pero el islam es todavía más activo en la mezcla de lo trascendente con lo cotidiano. Más que una religión, es un sistema de leyes que ordena por completo la vida de cualquier persona bajo su esfera de influencia, sea o no seguidora de los dictados del profeta. Y esto me lleva a concluir que cualquier forma de gobierno que mezcle los tabúes religiosos con las normas civiles, llegando a fusionarlos, no puede ni podrá ser nunca una verdadera democracia, por muy democráticamente que haya sido elegida. Llevado al extremo, resulta evidente: es imposible que una colectividad de fanáticos religiosos pueda definirse como democrática, aunque el acuerdo entre ellos sea unánime. La norma emana de la revelación y del dogma, y no del consenso. Además, lejos de ser variable, viene dada como un monolito al que todo homínido debe admirar ad eternum.

Una auténtica democracia, además de utilizar el sufragio universal para la toma de grandes decisiones, debe sustentarse en la pluralidad y la tolerancia, en la separación del tabú y la ley; debe permitir la multicultiralidad y garantizar la supervivencia de las minorías. La imposición del pensamiento único, sea o no revelado, constituye un atentado a sus fundamentos, y cualquier hoja de ruta educativa que lo promueva es un burdo lavado de cerebro colectivo, una autopista de tres carriles hacia la dictadura.

Y esa es la gran paradoja egipcia. Lo que ayer se perpetró en Egipto fue un golpe de estado en toda regla y, por tanto, debería ser condenado por cualquier demócrata que se precie. Sin embargo, lo que el ejército ha eliminado del poder era un régimen que promovía una teocrácia, lo que merece el mismo nivel de reprobación. Espero que el pueblo egipcio no tenga que esperar mil años para salir de las garras de Escila y Caribdis y vivir en un estado moderno, plural, tolerante y, ya puestos a pedir, escrupulosamente laico.

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