Raticulín colorado, este dogma no me lo he tragado

El otro día leí en un blog un par de párrafos que resumían estupendamente las diferencias entre la forma de pensar de un ateo y la de un creyente. Una versión algo estilizada del rifi rafe decía así:

Ningún ateo respetuoso se opone a que la gente crea lo que le venga en gana. A lo que nos oponemos los ateos es a que las personas impongan como verdaderas un conjunto de proposiciones carentes de toda base racional, y a que éstas se adopten como base para el establecimiento de un código de conducta generalista.

No puedo estar más de acuerdo, aunque me imagino que a la mayoría de creyentes les resulte difícil aceptarlo. Por ello, me gustaría ilustrarlo con un ejemplo práctico: el de la creencia en la inmaculada concepción. Dicha hipótesis tiene la misma base racional y científica (o sea, ninguna) que la creencia en los dioses del Olimpo, los gnomos, los dragones, la influencia de los astros en la vida y destino de las personas o la creencia en la próxima venida de unos extraterrestres que nos llevarán en sus naves a Raticulín.

Lo interesante es que muchos cristianos se rien de todas menos de la primera, permaneciendo ciegos ante la ausencia de prueba alguna que la avale. Yo, sin embargo, no puedo evitar sonrojarme ante la creencia de que una presencia extracorporal, el llamado Espíritu Santo, mantuvo hace varios milenios una interacción fisiológica con una joven que le provocó un embarazo. Al margen de que dicha práctica podría ser constitutiva de delito en la España actual (la joven no consintió en ser inseminada y probablemente era menor de edad), aceptan que de ahí surgió el hijo de un dios, que también fue dios a la par que humano.

Y el problema no queda en que sostengan esto sin pestañear o sin plantearse que si su hija diese explicaciones similares sobre un embarazo no deseado, sería tildada de mentirosa o de enferma mental. Es que fundamentan todo un sistema de conducta en las enseñanzas del humano divino así engendrado, tomando por hechos irrefutables una colección de “enseñanzas” compiladas en un libro sagrado, manipulado y purgado durante varios miles años por la parte contratante de la primera parte. Me resulta todavía más chocante que dicho libro de revelaciones verdaderamente divinas no hable de la electrodinámica clásica, de las leyes de la gravitación, de la evolución de las especies, de la disposición de los planetas orbitando alrededor del sol o de la genética, lo cual sí hubiese sido una auténtica revelación por parte de un ser avanzado a su tiempo. No, el libro habla de los mismo temas tratados en cualquier tertulia radiofónica o televisiva, apuntando a un origen muy poco ilustrado y mundano de él o los ponentes.

Sinceramente, creo que hay formas mucho más inteligentes de creer en la trascendencia, todas ajenas a las enseñanzas de una cuadrilla de bonetes que en estos momentos están entretenidos repartiendo bofetadas para colocar a “uno de los suyos” en el puesto del Papa saliente. Y con ello no pretendo faltarles al respeto a mis amigos católicos, a los que quiero mucho, pero sí ponerles de manifiesto que esto de ser católico, apostólico y romano no hay quien se lo trague si se analiza con un mínimo de rigor y racionalidad.

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