El violinista sobre el rail

Voy en la línea B del RER, rumbo a la terminal 2 del aeropuerto Charles de Gaulle. Es un tren sin paradas desde Chatelet, lo cual agradezco. Odio esos apeaderos en los que no se baja nadie y tan solo suben unos pocos. No hacen más que alargar un viaje ya de por sí pesado.

Antes de cerrarse las puertas entra un viejo, armado con ese modelo de estuche negro que los mafiosos de Chicago hicieron tan popular en las pelis de gánsteres. Pero el viejo no lleva escondida una Thomson y es lo que parece, un músico ambulante. Por el aspecto podría ser un zíngaro auténtico, y desata un pase de diapositivas sobre carromatos rojos, mercados de hortalizas y mujeres con trajes de faralaes. El powerpoint mental se detiene cuando comienzan a sonar las primeras notas, y mi cabeza huye instintivamente hacia la ventana derecha, fingiendo una total indiferencia.

La melodía no está del todo mal, triste y rota, adecuada para el día lluvioso que discurre fuera del vagón. Pero al minuto se transforma en un poutpourri eslavo, con estribillo de Kalinka y sin una de cada tres notas. Me pone nervioso, la tonadilla promediada hace que mi cerebro se ponga a reconstruir la información que falta sin control alguno. Supongo que debe ser infernal tocar con el violín la sucesión completa de semicorcheas, y el viejo hace lo que puede. Pero el resultado, sin ser desagradable, no resulta satisfactorio. Le falta notas, ¡y muchas!

A mí alrededor, todos disimulan. Fingen sordera, igual que yo, pero detecto su fraude. Nadie puede silenciar a un violín a pocos metros de distancia, porque el maullido de un gato está hecho para ser escuchado sí o sí. El recital termina pasados unos cuantos apeaderos y le sucede el paseíllo de la recolecta, amenizado por una sucesión de mercis y bon voyages. Cortesía fingida, pero cortesía al fin y al cabo, y se agradece. El viejo se me acerca agitando un vasito de café de máquina vacío. No debió levantarse muy optimista el buen hombre, porque en el recipiente apenas cabe nada, ni siquiera un café en condiciones. Afilo mi suspicacia y replanteo mi postura, preguntándome si será una estrategia comercial fundamentada en algún estudio sobre la respuesta sicológica de donantes potenciales a diferentes tamaños de vaso. Desde luego, más pena no puede dar… ¡qué astuto el viejo!

Me mira con una sonrisa y me convierto en un sueco sordomudo. Permanezco glacial y lo dejo marchar sin darle nada. A los pocos segundos, me siento como una auténtica mierda, debería haber soltado algunas monedas. Afortunadamente, la señora que tengo a mis espaldas rompe el hielo con un tintineo en el vaso. El merci que sigue suena igual que los formulados a priori, pero sabe mejor, porque sucede al pago. El sonido se va alejando y me vuelvo a distraer mirando por la ventana. Soy un cabrón egoísta, pero me disculpo con un nada convincente c’est la vie.

La segunda oportunidad me saca del enmimismamiento. Los mercis y bon voyages han regresado a traición, para quedarse con insistencia. Aprovecho la ocasión para desfacer mi entuerto moral y rascarme el bolsillo. Saco una moneda de dos euros y me digo que no, que no tanto, y vuelvo a sentirme como una rata. Una de cincuenta céntimos, acompañada de una de diez y una de cinco suman mi contribución filantrópica. Un cálculo rápido me sugiere que mis sesentaycinco céntimos, ganados en cinco minutos, suponen un salario de algo más de siete euros la hora. ¡Y eso solo con mi aportación! Vaya porquería de mente enferma que tengo, pero no lo puedo evitar. Otro c’est la vie, mucho más definitivo que el anterior, termina por agotar mi debate moral interno y me doy por satisfecho.

Mi falsa generosidad y los mercis, mercis acorralan al chaval que tengo en frente. Lleva una guitarra a la espalda y un iPhone en la mano izquierda, así que no tiene escapatoria frente a un compañero de armas con vasito incorporado. Paga como mandan los cánones de la sique humana y el corporativismo. Más moneditas y mercis, hasta que el viejo desaparece del vagón por la compuerta automática que hay al fondo. Bon voyage, que te sea leve, te espera un día peor que a mí.

Regreso a mi ventana y me invaden unas horribles ganas de llegar a casa. Saco el móvil, que no es un iPhone, y le mando un SMS a Vicky, a la par que le regalo un merci, merci al violinista que me ha hecho olvidar durante un rato la pregunta del millón: ¿qué cojones hago aquí, en París, en un día tan frío y asqueroso, pudiendo estar allá, junto a Vicky, inmerso en mi salvadora rutina diaria?

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